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Matthias Politycki Radio
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 / spanisch / español El señor de los cuernos

El señor de los cuernos
excerpt (p. 701-704)

Translator: Angela Pérez-Ramos, Hamburg 2000
Original title: Herr der Hörner - Matthias Politycki
27/04/2005
published in: Hoffmann und Campe, 9/2005
El ruido de la vara de hierro
que cerraba la puerta del patio, podría reconocerlo Broschkus hasta durmiendo: un chirrido corto (el giro!), seguido por un corto „clack“ (al empujarla hacia el lado), inconfundible, o bien él o Papito iban a recibir visita.
„¿Bro?“
Cuqui no quería perderse ser el primero de todos en despedirse, él lo abrazó fuertemente. Mañana por la noche dejará desangrar sobre el caldero de Broschkus algo especialmente jugoso para apoyarle. Juntos se colocaron en la puerta, en el contorno de las lomas de Chicharrones se divisaba una fina y clara pelucilla. Sin embargo, sonó entonces, como si hubiera esperado ese momento, inconfundible y borboteante la voz de la „de los rolos“:
„¡Muchachos, sáquense el dedo del culo, hay trabajo!“
Acto seguido comenzaron en todos los apartamentos de al lado y debajo de la casa el Tivolí ruidos y sonidos.

Delante de la casa estaba Luisito observando indeciso
como Oscar golpeaba con ramas al Chrysler y como finalmente resoplaba las ruedas. Solamente cuando Cuqui le pudo asegurar que en la puerta de la casa de Broschkus no había ninguna gallina negra clavada y ninguna pluma negra delante de ella, levantó su sombrero de paja brevemente y respiró profundamente.
En el fondo estaba Ernesto acomodando cartones, algo gorgojeaba, escarbaba, crujía. Supuestamente ya había cargado algo de cuatro patas. El retrocedió del auto para saludar a su hijo. Ahora a lo santero: todo lo que pudiera necesitarse en el lugar está cargado. Se viaja en compañia de todos los santos. „¡Te vamos a hacer fuerte, Sir, más fuerte que todo lo que se te quisiera atravesar en el camino!“
Luisito le aseguró haber llenado con gasolina todas las botellas de plástico que pudo conseguir e incluso recolectó los cupones en el círculo de la familia; él le entregó al doctor un fajo del que sobresalían billetes. Antes de que Broschkus le agradeciera, hizo un gesto de rechazo, de eso no se habla entre amigos. Desde al lado se inmiscuyó Oscar:
„¿Amor, pensastes hoy por la mañana en los guerreros?“
Que era lunes, lo había olvidado Broschkus, tenía que regresar otra vez para rezar. Oscar lo acompañó, le prometió ocuparse en los días venideros de los guerreros, y se despidió con un abrazo.

Cuando Broschkus regresó de nuevo al auto,
eran las seís, medio vecindario se había aglomerado. En el medio, Papito, que con su carrito de chucherías repartía refrescos, cafecitos, y hasta batidos, cosa en la cual había insistido su nieta. „Gratis, todo gratis, ¡como no!“ Broschkus le aseguró a un Papito orgulloso, que siempre había imaginado su carrito de chucherías exactamente así y no de otra forma, según su ojo interno, faltaría cuando más un letrero con „Papito“.
Que éste iba a ser colocado antes del regreso del doctor, le fue prometido, en caso necesario en azul claro.
Se sirvieron panecitos con mondongo, desgraciadamente no se habia podido conseguir ayer ni un solo huevo. Una hamburguesa sería también algo fino, que fortalece.

Ahora Rosalia quería ofrecer su papelito,
en el primer momento no sabía Broschkus como tenía que afinar sus dedos para poderlo agarrar: ¡Ah, sí, correcto, el papelito! Se sentía como un papel normal.
Todo va salir bien, le susurró Rosalia contenta, „después“ se quedó con el papelito un tiempo, - ¡jaja, ahí es donde debe estar! – y lo selló nuevamente. Ni siquiera una Iliana se puede escapar de su poder, el doctor la verá de nuevo seguramente. Cuando ella le abrazó ni siquiera olía ya como un trapo húmedo; Ulysses se rascaba y miraba al piso apenado.

También „la de los rolos“ le dió
un abrazo; aúnque su vecino no la había saludado, quería por lo menos despedirse de él. Había traído a sus muchachos, especialmente a Lolo y Ramón, además una torta azul oscuro con dibujos de natilla blanca, que enseguida fue cortada y repartida.
Lolo trajo de su amigo, él-que-en-otro-tiempo-agarró-demasiado-fuerte, un reloj chino nuevo de paquete, con siete días de garantía, más que suficiente. Mientras abrazaba a su tio le advirtió de estar muy atento porque ladrones no los había solamente en Santiago.

Con dos botellas de ron Mulata para eventuales controles
de policia apareció Jesús, „mercancia organizada“, claro. Papito tomó una de las dos para él, la que guardaría para el día del regreso de Broschkus. Luisito se la quitó insistiendo en la partida. Como ya se habia tenido que limpiar varias veces los ojos, comenzó a contar lo que por si en el caso de los casos habia dejado preparado el jefe personalmente: dos ruedas, varias correas, cable, mangueras... Cuando a él no le vino a la mente ningúna otra pieza de respuesto más, bromeó lo más alto posible: „Un negro y un ‚señor con color‘ en un viaje de excurción, coño, ¿saldrá eso bien?“
Nadie quiso reírse de ésto, Denia entregó un termo con café. Broschkus tuvo que apurarse en entregar su traje a rayas, en cambio recibió de Ramón unos guantes blancos de chófer que él ya no necesitaba más. ¿Habría pensado el tio en los gemelos para la camisa? ¿Y en el pañuelo del saco?
„¡Cuídense sobre todo de lo más insignificante!“ intervino Luisito, Ernesto estaba ya sentado detrás del timón.
Cuqui aseguró a cada uno a su alrededor que iban a reencontrarse con su hermano dentro de poco, en último caso como muerto ó santo, tendría un perro en su caldero que encontraría a cualquiera. Se veía en la cara del cocinero que tenía deseos de llorar. Su madre fumaba, su esposa se reía, Claudia se negó a besar al „Tio Bro“ para despedirse. En cambio le entregó una hoja de papel en la que había imprimido unos besos hechos con creyón de labios en violeta oscuro.
Ernesto echó andar el motor cuando llegó Pancho jadeante para entregar un ojo de buey: „Lávalo solamente con ron blanco, ¿me oyes?“
Claro que lo sé, pensó Broschkus, pero no dijo nada. Quizás la escena de aquel entonces fue sólo imaginada.

De momento todos tenían algo importante que decir todavía,
de todas partes fue recalcado que iba a ser una separación por corto tiempo, en el fondo no iba a ser una despedida. Para algunos era importante quedar en verse con el doctor rápidamente: ¡Entonces hasta pasado mañana, como siempre!
Les doy las gracias, dijo Broschkus y nada más. Por fin estaba sentado en al asiento al lado del chófer, Ernesto pitaba, Luisito le quitó los ladrillos con los que habían bloqueado las ruedas, los primeros empezaron a decir adiós con los manos. Lentamente, muy lentamente Ernesto dió marcha atrás y dobló por la calle Rabí. En la puerta de la casa del numero 107 1/2 estaba Flor que no hizo ninguna seña, detrás gritaban todos desordenadamente.
Pero la última palabra fue de Luisito que corría al lado del carro: „¡Piensa que yo quiero celebrar contigo!“ le gritó, „¡en casa de mi mamá!“



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